El jugador by Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky

El jugador by Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky

Author:Fyodor Mikhailovich Dostoyevsky
Language: eng
Format: mobi
Tags: Clásico
Published: 1867-01-01T05:00:00+00:00


Capítulo

11

Condujeron el sillón hacia la puerta, al otro extremo de la sala. La abuela estaba radiante. Nuestras gentes hicieron corro en torno suyo para felicitarla. Por excéntrica que hubiese sido la conducta de la abuela, su triunfo compensaba muchas cosas, y el general ya no temía que su parentesco con una mujer tan original le comprometiese. Con risueña y alegre condescendencia familiar, como quien halaga a un niño, felicitó a la anciana. Se le notaba visiblemente emocionado, lo mismo que todos los espectadores.

Se hablaba de la abuela y se la señalaba. Muchos pasaban por su lado para poderla contemplar mejor. Mr. Astley hablaba de ella con dos compatriotas. Algunas majestuosas damas, muy sorprendidas, la miraban como a un fenómeno. Des Grieux prodigaba cumplidos y sonrisas.

—“¡Quelle victorie!” —proclamó.

—“Mais, madame, c’etait du feu!” —añadió con sonrisa seductora, la señorita Blanche.

—¿Eh, que sí? ¡He ganado doce mil florines! ¡Qué digo doce mil! ¡Con el oro casi hacen trece! ¿Cuánto es eso en rublos? Unos seis mil, ¿no es verdad?

Le expliqué que llegarían a los siete mil, y tal vez, al cambio actual, a los ocho mil rublos.

—¡Casi nada, ocho mil rublos! ¡Pero, qué hacéis aquí, pegados como si fueseis moluscos! Potapytch, Marta, ¿habéis visto?

—Nuestra buena señora, ¿es posible? ¡Ocho mil rublos! —exclamó Marta, dando muestras de alegría.

Vaya, tomad cinco federicos para cada uno de vosotros.

Potapytch y Marta se apresuraron a besarle las manos.

—Y a cada portador de mi silla, un federico. Dales uno a cada uno, Alexei Ivanovitch. ¿Por qué me saluda ese lacayo? ¿Y ese otro también? ¿Me felicitan? Pues dales un federico a cada uno…

—“Madame la princese… Un pauvre expatrié… Malheurs continuels… Les princes russes sont si génereux…” —imploró, cerca del sillón, un individuo de raída levita, chaleco de colorines, largos bigotes, que sonreía obsequioso con la gorra en la mano.

—Dale también un federico. No, dale dos. Basta, si no, no acabaríamos nunca. ¡Conducidme!… Praskovia —se volvió hacia Paulina Alexandrovna—, te compraré mañana tela para un vestido, y a esta señorita… señorita Blanche, según creo, también le compraré otro. ¡Tradúceselo, Praskovia!

—“Merci, madame!” —dijo Blanche, que se inclinó, cambiando una sonrisa irónica con Des Grieux y el general.

Este estaba un poco cohibido y experimentó un alivio cuando llegamos a la avenida.

—Feodosia va a tener una sorpresa —dijo la abuela, acordándose de la niñera. Hay que regalarle también a ella un vestido. ¡Eh, Alexei Ivanovitch, Alexei Ivanovitch, dale algo a ese mendigo!

Pasaba un pordiosero, cargado de espaldas, los ojos fijos en nosotros.

—Podría ser un pillastre, abuela.

—¡Dale un florín!

Me acerqué a él y se lo di. El me miró asombrado, pero tomó la moneda sin decir palabra.

—¿Y tú, Alexei Ivanovitch, no has probado todavía la suerte?

—No, abuela.

—Pero cómo brillaban tus ojos. Lo he visto.

—Probaré, abuela, pero más tarde.

—¡Pon también al “cero”! ¡Ya verás! ¿A cuánto se eleva tu capital?

—A veinte federicos.

—Poco es. Te prestaré cincuenta federicos, si quieres. Toma este cartucho… Pero tú, amigo mío, es inútil que esperes que te dé dinero —declaró, dirigiéndose al general.

A éste se le crisparon los nervios, pero nada dijo.



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